martes, 21 de septiembre de 2010

Desde el respeto

Me es imposible frivolizar sobre un tema tan profundo como pueden ser las creencias de cada persona acerca de la muerte, la perdida de un ser querido, una experiencia en la que todos durante nuestra vida nos hemos de enfrentar como meros espectadores y como parte pasiva o activa, ya al final de esta.
Hoy me ha golpeado de lejos, pero de aquellas formas repentinas que dejan huella aunque ni siquiera conocía a la persona que nos ha dejado. Dieciocho años llenos de sueños cortados de raíz en menos de 24 horas.
Como padre rápidamente en estas situaciones piensas en como te sentirías al encontrarte en una situación similar, la perdida de un hijo joven, y realmente el mundo se vuelve del revés.
Nunca he creído en la religión o creencias para explicar el porque estamos en este universo, el principio y final de nuestra existencia. Tal vez es este gran vacío el que me da una gran inseguridad ante el destino final. Pero no hablo de mi fin, sino del de mis seres queridos, cotidianos, amigos o conocidos, unos momentos que por sabidos que llegaran no consigo asimilar o intentar explicarme.
Hoy un pensamiento vago, insustancial ante el momento vivido, me ha venido a la cabeza y por lo menos ha aliviado algo mi espíritu desasosegado.
Porque algo en todos nosotros que compartimos no puede desaparecer, cada pensador, filosofo o teólogo lo puede llamar como queramos. La ciencia le llama energía, la filosofía alma, y la teología espíritu, siendo cierto que todos tenemos ese poso que interactúa para bien y para mal con nuestros semejantes, con el medio, la naturaleza y el infinito.
Sí no sabemos como se creo el universo, de donde surgió la materia, donde hemos de buscar los limites del infinito que lo sostengan, porque no creer en que esta energía que nos hace nacer, vivir, querer y odiar se transforma en algo etéreo que vuelve al origen, el universo, y desde siempre y para siempre sigue entre nosotros. Sin identidad pero que esta entre nosotros para seguir dándonos ganas de vivir, de amar y de soñar por siempre y para siempre. Y que allí estará esperándonos hasta que nosotros traspasemos el umbral del cuerpo.

Nunca he encontrado sentido a las oraciones, pero si en el pensamiento. Hoy esta dedicado a alguien que no he conocido, pero estoy seguro que seguirá acompañando a los que para siempre añoraran su presencia.

Hace poco mi hijo de cinco años me decía que si las personas que mueren van al cielo eso quería decir que estaban en las nubes.

La idea me enterneció.

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